La apuesta del presidente Donald Trump por una guerra corta y decisiva contra Irán está fallando, ya que el conflicto se extiende más allá de un mes sin resolución clara. La estrategia inicial de EE.UU. e Israel apuntaba a derribar el régimen iraní en cuatro a seis semanas. Sin embargo, Irán permanece resistente pese a los asesinatos selectivos de líderes políticos y militares.
Tras la ofensiva conjunta que desató la guerra, se esperaba un colapso rápido de las estructuras de gobierno iraníes. Pero el régimen consolida su control interno y demuestra adaptabilidad bajo presión militar constante. Esta resistencia contradice las narrativas occidentales sobre un cambio de régimen veloz.
Desde un punto de vista estratégico, no neutralizar a Irán rápidamente arriesga la inestabilidad regional prolongada y una escalada. La capacidad de Irán de mantener un importante arsenal de misiles balísticos y drones desafía los esfuerzos de EE.UU. e Israel para dominar el espacio aéreo y aplicar sanciones. Las fuerzas resistentes de Teherán complican los esfuerzos de alianzas y prolongan la dinámica del conflicto en una región volátil.
Técnicamente, cientos de ataques aéreos han atacado bases de misiles y fábricas de drones en Irán. A pesar de esto, hay indicios de que Irán ha reforzado sitios clave y dispersado sus activos para mantener operaciones. Sus sistemas misilísticos, incluidos misiles balísticos de alcance medio y drones armados, conservan capacidad de ataque contra bases estadounidenses y aliados regionales.
De cara al futuro, el conflicto prolongado aumenta el riesgo de guerra regional ampliada y crisis humanitaria. La incapacidad de finalizar la guerra afecta la credibilidad de EE.UU. e Israel y envalentona a los proxy iraníes. Las hostilidades prolongadas amenazan con desestabilizar rutas de suministro cruciales, provocar choques sectarios más amplios y fortalecer la posición de Irán como desafío regional.


