Sri Lanka rechazó formalmente en marzo una solicitud estadounidense para que dos aviones armados con misiles antisubmarinos aterrizaran en un aeropuerto civil del sur del país. El presidente Anura Kumara Dissanayake confirmó el rechazo y reiteró el compromiso de Sri Lanka con la neutralidad, evitando que el territorio sirviera para operaciones militares vinculadas con el conflicto en Irán.
Este rechazo se da en el contexto de crecientes tensiones entre Irán y potencias occidentales, principalmente EE.UU., que amenazan con expandirse a un conflicto regional más amplio. Estados con posiciones neutrales enfrentan presiones para alinearse o permitir accesos militares, complicando su balance diplomático.
Estrategicamente, la negativa de Sri Lanka evidencia las dificultades que enfrenta EE.UU. para conseguir apoyo regional en sus operaciones contra Irán. La neutralidad de países no alineados limita la capacidad de Washington para proyectar su poder en la región del Océano Índico, vital para la seguridad marítima y el tránsito energético global.
En lo técnico, los aviones estadounidenses transportaban misiles antisubmarinos diseñados para atacar activos navales iraníes, señalando una escalada en la postura de capacidades de ataque marítimo. El uso de aeropuertos civiles para fines militares habría ampliado el alcance operativo estadounidense, pero a costa de la soberanía de Sri Lanka y aumentando dilemas de seguridad regional.
De cara al futuro, la posición de Sri Lanka podría alentar a otros estados pequeños a resistir presiones para involucrarse en el conflicto iraní de manera indirecta. Esta postura indica un rechazo regional creciente a la militarización en un entorno de seguridad volátil, limitando la influencia de EE.UU. y modificando los cálculos estratégicos en el teatro del Océano Índico.

