Lee Geun-an, exoficial policial surcoreano de 88 años, murió el jueves por fallo multiorgánico. Fue famoso por sus brutales métodos de tortura utilizados durante interrogatorios bajo regímenes militares autoritarios, convirtiéndose en un símbolo de represión estatal durante la época oscura de Corea del Sur.
Su carrera tuvo lugar durante décadas en que Corea del Sur estuvo gobernada por autócratas apoyados por militares que aplicaban control mediante violaciones masivas de derechos humanos. Lee nunca mostró remordimiento y se presentó como “patriota”, calificando sus torturas como “una forma de arte”, lo cual aumentó el sufrimiento de las víctimas y defensores de derechos.
Su fallecimiento reabre el debate nacional sobre cómo Corea del Sur enfrenta su pasado autoritario y la responsabilidad por abusos. El trauma sin resolver sigue marcando tensiones políticas en torno a la justicia transicional y la defensa de normas democráticas.
Lee aplicaba técnicas de tortura para extraer confesiones y suprimir disidencias políticas, vinculadas a cientos de desapariciones, detenciones injustas y traumas psicológicos. Su notoriedad revela la violencia sistemática del Estado durante la Guerra Fría en Asia Oriental.
Con su muerte, el Gobierno enfrenta mayor presión para documentar y sancionar por completo estos abusos históricos. Este caso revela las dificultades regionales para conciliar legados autoritarios con los desafíos de derechos humanos y democracia en el siglo XXI.
